Junta de Castilla y Leon
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Memoria Histórica

Monasterio de Santa María la Real

FOTOVista Panorámica del Monasterio

Vista Panorámica del Monasterio

© Fundación Santa María la Real - CER

El monasterio de Sta. María la Real de Aguilar de Campoo, está situado a unos 500 mts. en dirección al suroeste de la villa, en la margen izquierda del Pisuerga. Se encuentra al abrigo de la Peñalonga y extramuros del recinto amurallado.
 Los orígenes históricos de la abadía se remontan a la más temprana Edad Media, cuando los antecedentes eremíticos se mezclan con la leyenda.

FOTOEntorno del Monasterio

Entorno del Monasterio

© Fundación Santa María la Real - CER

HISTORIA

Para explicar la fundación mitica del monasterio se recurre siempre al primer diploma en el libro Becerro de Aguilar (AHN. Clero. Cód. 994-B), recogido también por Yepes y Ambrosio de Morales. Alpidio, un noble legendario, tropezaba durante una cacería con una abandonada iglesia dedicada a San Pedro y San Pablo. Bajo ésta, aparecía un segundo templo en la base de la inconfundible Peñalonga.
 Del inverosímil relato de Alpidio, que rápidamente alertó a su hermano Opila, abad de San Miguel de Tablada en las orillas de Ebro, se desprende además la dedicación de cada uno de los altares: a Nuestra Señora, a San Pelayo y Santa Engracia y a San Juan Bautista y San Martín. En el mismo lugar, un sobrino de Opila, con idéntico nombre, levantó el monasterio de San Pedro y San Pablo de Aguilar (822) roturando tierras y viñas y aportando el ajuar de la casa de San Miguel de Tablada. Según Yepes, los primeros monjes acabaron trasladándose a la iglesia baja, lo que hace suponer una hipotética fundación eremítica. Nada anormal parece dislocar esta suposición puesto que los restos rupestres son muy frecuentes en la comarca. En 852, el conde Osorio hacía donación traditio corporis et animae al recién creado cenobio.
 En 950 Osorio Armíldez fundaba el monasterio de San Martín de Aguilar. En 968, Fernán González efectuaba una donación a este mismo monasterio. La mitad de la casa, junto con la de Santa Juliana de Aguilar, era donada por una tal María al cenobio de Cardeña en 1079. Los datos son tan escasos como oscuros. Entra dentro de lo verosímil que San Martín de Aguilar se correspondiese con otra fundación que -como supuso Linage- estuvo vinculada a la regla de San Benito. Para el padre Serrano el monasterio de San Martín de Aguilar pudo ser agregado al de Santa. María y la disparatada historia de la fundación por parte de Opila pudo tomar sus elementos constitutivos en la del conde Fernán González, que participó en la erección de San Martín en vida del fundador conde Osorio. Backmund también recoge esta presumible fusión cenobítica en una agrupación dúplice de monachorum et monialium adherida a la regla benedictina hasta el 1020, fecha en que ya aparece Santa María de Aguilar como abbatia secularis.

Iglesia del Monasterio
 En el documento de donación de Sancho II de Castilla al obispo Simeón de Oca (18 de marzo de 1068), se citaba la iglesia de Santa Eugenia de Aguilar, ofrecida por el eclesiástico para restaurar la diócesis. Esta casa parece corresponder con Santa Eugenia de Cordovilla, otorgada por Alfonso VI al abad Lecenio, del monasterio de Santa. María la Real de Aguilar (1073), a instancias del Cid. Fue consagrada en 1118 por el obispo burgalés Pascual. Sin embargo, el documento parece un falso según concluyó Menéndez Pidal, presumiblemente la consagración del 1118 también debió falsificarse. Parece lógica una donación de Alfonso VI al abad Lecenio en 1075, aunque sin mediación cidiana. Posteriormente Santa Eugenia, se convirtió en un importante priorato de la casa aquilarense.  
 Otra de las fundaciones más significativas, constitutiva en definitiva del que años después fue solar premonstratense y de quienes la profesan'>mostense de Santa María de Aguilar, fue la iglesia-monasterio de Santa María Magdalena de Fuentelaencina. Donada por el rey Sancho, hijo de Alfonso VII, en 1149 a Simón y confirmada en 1154 por el mismo Sancho al prior Gualterio. Junto con el presumiblemente débil monasterio de San Agustín de Herrera, fundado a instancias de Retuerta en 1152, constituyen dos células que tras su transmisión a Aguilar servirán de fermento territorial -y quizás también espiritual- al nuevo monasterio premonstratense. Naturalmente, el desarrollo cenobítico de ambas casas fue incierto y en su traslado a Aguilar debió influir una economía bastante precaria.
 Una de las cuestiones más controvertidas sobre los orígenes del monasterio es determinar qué orden ocupó el recinto antes de la instalación de los premonstratenses, ampliamente beneficiados por Alfonso VIII. Indudablemente, en Aguilar existió un monasterio particular, instituido por familias nobles como los Osorio y los Lara.

 En 1169, el rey Alfonso VIII, el abad Sancho de Retuerta, los condes Nuño, Alvaro, Almanrico, Rodrigo (monachi que fue en Sahagún) y la condesa Sancha Osorio, propietarios de Santa María de Aguilar, donan sus derechos al abad de Retuerta Miguel, de la orden de San Agustín. Sin duda, la influencia del abad Miguel ante la corte facilitó la transferencia patrimonial de los nobles y la propia protección real. De otro lado, los anteriores ocupantes, despojados de un monasterio estable, interpusieron una queja ante el legado pontificio Jacinto con el fin de paralizar el proceso. El altercado se resuelve mediante concordia (bula de 1173).

FOTOVista General del Monasterio

Vista General del Monasterio

© Fundación Santa María la Real - CER

 Antes de la llegada de los monjes premonstratenses, Santa María ya poseía un importante bloque de propiedades: la heredad de Villavega y los palacios del conde Osorio y su mujer Teresa Fernández (1141). El 4 de febrero de 1165 el mismo Alfonso VIII donaba a Michaeli abbati et omnibus successoribus tuis regulam Sancti Augustini la iglesia de San Cipriano de Riofresnos y el prado de Valcabado. En otro orden de cosas, diez años antes, el 9 de diciembre de 1155, Alfonso VII había concedido al abad Sancho (de Retuerta) la exención del pago de portazgo en todo el reino para mercancías y ganados además de diferentes franquicias de población. En torno a estas fechas tempranas (desde fines del reinado de Alfonso VII y aún durante la minoridad de Alfonso VIII), la solidez de la orden premonstratense en la circaria hispana es ya un hecho y la política de la monarquía consolida a un doble nivel territorial y jurisdiccional a estos canónigos regulares que habían penetrado en Castilla a partir de Sancho Ansúrez y su compañero Domingo Gómez de Candespina, supuestamente formados en tierras galas.
 En un documento expedido por Alfonso VIII en Sahagún en 1169 se confirma un grupo de posesiones que desde San Agustín de Herrera son transferidas a la abadía de Aguilar. Después de la proclamación de la citada bula de Jacinto y la aparición expresa del instituto premonstratense en el citado documento, el monasterio se irá enriqueciendo con otros dominios: Alfonso VIII ofrece la localidad de Villanueva y la iglesia de San Cebrián, próxima a Santa María de Rezmondo, además de Terradillos (1183). María de Almenara recibe del rey en 1173 la iglesia de San Román cercana a Sotovellanos que la cede a Aguilar en 1183.


 Como importante centro de decisión económica, el monasterio de Aguilar centró sus estrategias hacia el control de una densa red molinera, fundamentalmente establecida en las orillas del Pisuerga y del Camesa. Adquiriendo junto a otras prebendas (pastos, portazgos y rentas) un papel evidente como abadengo territorial desde el reinado de Alfonso VIII hasta el de Fernando III.
 La época álgida del dominio aquilarense coincide claramente con la primera mitad del siglo XIII. Mª Estela González de Fauve, detalla que el periodo 1221-1240 fue el de mayor concentración de adquisiciones, sabiamente combinadas con las permutas, la explotación molinera y las numerosas donaciones de nobles. Las fechas conocidas para la finalización de la iglesia (1213) y la construcción hipotética de la sala del capítulo (1209), son pues anteriormente inmediatas a la cota máxima del volumen patrimonial detentado por los premonstratenses. Sin ser procesos forzosamente coincidentes, sí entablan un evidente maridaje que parece validarse con la presencia física del obispo Mauricio consagrando el templo en 1222.
 El volumen de propiedades adquiridas por el monasterio durante la primera mitad del siglo XIII fue contundente (449 para la primera mitad del siglo frente a 64 para la segunda). Sobre las múltiples causas de este deterioro se han señalado la deficiente gestión abacial, la falta del apoyo regio decidido a reagrupar su propio patrimonio frente a la usurpación monacal y nobiliaria (Fuero Real de Alfonso X en 1255) o la necesidad de acudir a los censos y contratos de arrendamiento para suavizar la reducción de rentas e infurciones. Lo cierto es que la casa aquilarense nunca llegó ya a recuperarse, por el contrario se vio forzada -como todos los monasterios de la corona castellana en 1236- a sufragar las campañas militares de Fernando III en Andalucía. Posteriormente, durante el crudo periodo de las guerras civiles (1366-69), los mercenarios del Príncipe Negro asolaron la judería de Aguilar como protesta por el impago de sus soldadas a la muerte de Pedro el Cruel. La comunidad hebrea pechaba al abad desde la época de Alfonso VIII y sus molinos en la villa fueron destruidos por las tropas inglesas sin poder hacer frente a las reparaciones. Inflaciones y devaluación monetaria, reducción de la superficie cultivada a consecuencia de la despoblación, emigración hacia Andalucía y epidemias, constituyen un cúmulo de factores que contribuyeron a limitar tremendamente la mano de obra a inicios del siglo XIV. Para González de Fauve, la baja producción agraria reflejada en la escasez de alimentos y en el grano necesario para la explotación molinera hizo que declinaran los medios de pago, así podemos explicar algunas de las situaciones de dolorosa penuria en las que la abadía quedó sumergida.

 

FOTOVista del Claustro

Vista del Claustro

© Fundación Santa María la Real - CER

EL CLAUSTRO
A pesar de la datación del espacio claustral a fines del siglo XI o inicios del XII que habían señalado Assas y Navarro, Lampérez optaba por asimilarlo a lo cisterciense, como los de Poblet, Tarragona y Fontfroide, considerándolo contemporáneo de la sala del capítulo, en torno a los primeros años del siglo XIII: galerías con bóvedas de crucería muy peraltadas: podio corrido, arquería de medio punto sobre columnillas gemelas, cobijada bajo un arco de descarga por tramo. Sobre éste, se aloja el claustro alto, que había elogiado Ponz y desmontado Arenillas. Fue rotundo Ponz refiriéndose al claustro: Si la galería baxa acompañase á la alta, seria este uno de los buenos claustros en el gusto de la mejor arquitectura, idea posteriomente asumida por Madoz, molesto por la presencia de formas medievales frente a las pilastras pareadas dóricas del nivel superior. Este nivel superior obstruyó las ventanas altas del muro meridional de la iglesia.
 Para Lambert, se aprecia la huella de lo languedociano y lo gascón en el claustro aquilarense que sin duda reutilizó un grupo de capiteles anteriores a su construcción. Los arcos apuntados encuadran, bajo tímpanos, arcos más pequeños sostenidos por columnas geminadas, las ojivas finalmente molduradas se estrechan hacia abajo entre los perpiaños también moldurados; y las bóvedas muy combadas recuerdan un poco a las de Frontfroide. En los machones angulares se advierten dos grupos de triples columnas y otra aislada en el ángulo del interior, en el exterior aparecen dos grupos de dobles columnas más otro de triples en el ángulo que soportan los arcos Claustro del Monasteriorebajados apuntados. En los tres machones dispuestos en cada una de las pandas: dobles columnas interiores y contrafuerte exterior. Los triples arcos de medio punto abiertos en las cuatro pandas están ligeramente apuntados y quedan albergados por el rebajado, descansan sobre grupos de columnas pareadas.
 El claustro que hoy podemos ver fue construido durante las primeras décadas del siglo XIII, reutilizando una serie de capiteles dobles tardorrománicos tallados para un espacio anterior que fueron instalados coronando los grupos de dobles columnas y no en los machones (a excepción de los angulares NO y SO). Quizás por la presencia de piezas figuradas, Serrano Fatigati prefería diferenciar el espacio claustral aquilarense de los alzados por los bernardos. De cualquier modo, no tenemos certeza completa sobre la fecha de conclusión del abovedamiento claustral, es posible que no fuera rematado hasta fines del XIII a pesar de la fecha epigrafiada en el fuste de la sala capitular (1209).
 El claustro fue fuertemente alterado -como la sala capitular en su conjunto- durante las resta uraciones de los años 60. A punto de perder parte de sus cubiertas, fue finalmente recuperado en la década de los 80, retirando algunos pies derechos de madera y varios apoyos de urgencia levantados con ladrillo hueco veinte años antes. También se rellenaron con sillería los espacios vacíos que quedaron entre los arcos de descarga y se volvió a montar meticulosamente la totalidad del claustro alto.
 Además de los capiteles tardorrománicos, se aprecian algunos restos de basas de la misma época con la característica factura de lengüeta. Todos los machones angulares y centrales conservan asimismo basas de lengüeta correspondientes a las reformas del siglo XIII, aunque en síntesis reproducen el modelo anterior, adaptándolo a un módulo de diámetro más reducido.
 En la panda oriental y junto a la sacristía aparece una hornacina apuntada de 79 x 120 cms. de alt. tradicionalmente atribuida al armarium monástico.
 La cubrición del claustro se realiza por medio de crucerías cuyos nervios diagonales concuerdan con las columnas acodilladas de los machones. Ménsulas de rollos o de perfil pentagonal en los muros del interior de las galerías soportan los fajones que en el exterior se corresponden con los gruesos contrafuertes. En la panda este, las columnas dobles de los machones tienen correspondencia con las de entrada a la sala capitular. Originalmente el claustro tardorrománico estuvo cubierto con vigas de madera que apoyaban en canes lisos encajándose en mechinales dispuestos a tal efecto, aún se aprecian varias piezas de estas características en las pandas septentrional y occidental.
 El aparejo de las crucerías está formado por dovelas de un tamaño muy alargado, características del foco burgalés, y cuya estereotomía resulta de excelente calidad. Durante la última restauración algunas de estas crucerías situadas en las pandas norte y oeste se dejaron con el trasdós visto a modo de solución didáctica. Para Huidobro sus perfiles son un excelente ejemplo de la arquitectura cisterciense angevina que recuerda a Poblet y Tarragona pero especialmente a Las Huelgas. Para Ara, la cubierta del claustro representa un estadio más avanzado que Las Claustrillas puesto que en el recinto burgalés todavía no se había adoptado una solución adovedada. Sale a relucir la problemática de Maestro Ricardo -rescatado del olvido por Julio González- que bien pudo participar en la obra gótica de los premonstratenses a juzgar por sus transacciones patrimoniales. Para Ara los capiteles característicos de este segundo taller activo en el claustro son de esencia cisterciense y están formados por acantos verticales con los nervios Claustro del Monasterio (vista interior)muy marcados, los dos tercios inferiores de la cesta aparecen muy adelgazados, en relación con los capiteles andresinos que recuerdan formas musulmanas.
 Las claves de las bóvedas se encuentran decoradas con variados motivos: geométricos de lacerías, de gallones con hojas lanceoladas en el contacto con las nervaturas, vegetales caladas similares a las del capítulo, estrelladas, con nudo salomónico o con motivos blasonados. En suma: modelos muy sencillos que suelen repetirse y cuya labra resulta de una rusticidad evidente.
 En la galería meridional, se aprecia un erosionado arco de medio punto decorado con una arquivolta ajedrezada, la presencia de un fajón del abovedamiento que perfora una dovela de la rosca permite datar este vano con anterioridad a la reforma claustral del siglo XIII.
 En la galería norte, a la derecha de la portada que permite acceder al templo, un arcosolio apuntado y doblado contiene los restos de un sarcófago en cuya cubierta todavía se lee con facilidad la inscripción SUB ERA MCCXXI [año 1183] OBIIT DOMINA/ SANCIA UXOR DE LOP DIAZ XVII KL DECE(M)BRIS distribuida en dos bandas longitudinales.
 En el centro del claustro se conserva un pozo de escasa profundidad. El brocal propiamente dicho, posee un zócalo de sección cuadrangular exterior (circular interior), sus esquinas tienen semicolumnillas con capiteles de cestas completamente lisas. En el zócalo, ornado con dos baquetones longitudinales, las semicolumnillas descansan sobre basas con apéndices triples en sus plintos. La sección recuerda la pila aguabenditera de la iglesia de Retuerta.

LA SALA CAPITULAR

 Un fuste de columna, trasladado al MAN junto con las series de capiteles en 1871, proporciona una fecha fundamental para el conocimiento del edifico: Era MCCXLII (año 1209) fuit factum hoc opus. D(ome)nicus. Estuvo situado a la derecha de la puerta de acceso a la sala, abierta a la panda este del claustro por medio de cuatro vanos. Para Lambert, coincide con las características tipológicas y formales del claustro: con seis tramos cubiertos por crucerías cuyos arcos diagonales penetran también en bisel entre los perpiaños [como en el claustro y en la sala de monjes] [...] las bóvedas arrancan en los muros exteriores de grupos de dos elegantes columnillas acopladas bajo un sólo abaco rectangular, y reposan, en el centro, sobre dos robustas columnas rodeadas cada una de las cuatro columnillas más delgadas de fuste aislado Sala Capitular que se unían por la basa y el capitel y que correspondían al arranque de los perpiaños.
 Los capiteles de crochets góticos, algunas impostas con ovas andresinas y las arquivoltas de zigzag en el arco apuntado que desde la panda oriental permite el acceso al capítulo, son rasgos típicos que coinciden con la conocida datación del espacio. Idénticos chevrons aparecen en San Andrés de Arroyo, Revilla de Santullán, Santa Eufemia de Cozuelos, Zorita del Páramo, Mave o la portada de la desfigurada iglesia aquilarense de San Andrés. Los capiteles del interior, de hojitas adheridas a la cesta, recuerdan algunas piezas de la iglesia de Arroyo.
 En uno de los contrafuertes que reforzaba el muro de cierre oriental del cenobio, frontero con la sala del capítulo y verdadera fachada del conjunto antes de la intervención de Miguel de Hijosa, aparece un epígrafe con la inscripción ERA MCCLVI (1218), data que se complementa con la de 1209 indicando cómo las obras del capítulo no llegaron más allá del primer cuarto del siglo XIII. En la actualidad, podemos apreciar tres arcosolios además de seis laudas en el pavimento que poseen motivos figurados y epigrafiados y sirvieron para el enterramiento de algunos abades de la casa.
 Las claves poseen coronas florales y hojas carnosas caladas, aunque destacan una figurada con el cordero pascual y otra con cuatro arpías afrontadas por sus pechos. Las colas de los animales fantásticos se anudan en el punto central de la clave, reconvirtiéndose en vástagos vegetales de entrelazo.
 La sala fue completamente alterada durante la restauración de Arenillas.

 

LAS MODERNAS RESTAURACIONES:
 Anselmo Arenillas Alvarez, arquitecto jefe de la segunda zona de monumentos durante la época franquista, fue el responsable de las restauraciones del edificio previas a la integral de la década de 1980. La Dirección General de Bellas Artes se encargó de subvencionar las diferentes obras que se sucedieron entre marzo de 1955 y julio de 1968.
 La primera intervención de 1955 desmontó el coro de los pies del templo, además de reparar las cubiertas de la iglesia, que habían sido retejadas durante los años 30. En febrero del año siguiente, se obtiene otra partida económica para terminar la obra de las cubiertas de la iglesia.
 Para las obras de rehabilitación del claustro la Dirección General de Bellas Artes retiró el escombro y encimbró todas las bóvedas y arcos para evitar su hundimiento, recalzando los contrafuertes y levantando zunchos de hormigón en el ala este para colocar de nuevo o sustituir los sillares y dovelas caídas de bóvedas, arcos y fustes de columnas. También se procedió a la limpieza de los muros, rejuntados con mortero de cal y hormigón.
Espadaña del Monasterio La segunda fase de la restauración del claustro se aprueba en el verano de 1968. El claustro alto de 1600 fue desmontado sin que afortunadamente se llegara a reutilizar su aparejo herreriano entre los muros medievales de las crujías oeste y sur.
 Durante las obras se retira y clasifica el aparejo de la panda este del claustro, sus seis bóvedas medievales, la sala capitular y la rampa de la escalera moderna. Si bien sólo se armó de nuevo la fachada a poniente, bóvedas del claustro y embocadura de la sala capitular. Se repuso enteramente con sillería nueva una bóveda de crucería de la sala capitular utilizando hormigón en dos de ellas, dos arcos, una pilastra de esquina y cuatro tímpanos del claustro bajo, siete antepechos del claustro alto, diez cornisas y seis arcosolios.
 La última restauración dirigida por José Mª Pérez González y voluntariosamente emprendida con la Asociación de Amigos del Monasterio de Aguilar, se inició en 1978. Aquí se siguió un criterio didáctico y arqueológico, radicalmente distinto al historicista que había suscrito Arenillas. Empleando materiales modernos (hormigón, ladrillo, acero y gres) se ha repuesto aquéllo que el paso de los años y el deterioro suprimió. De esta forma, la lectura del edificio se realiza de una manera clara: lo moderno se segrega de lo antiguo. Por otra parte, las diferentes actuaciones son versátiles: mamparas, forjados y pavimentos, escaleras de la fachada principal, ala norte, ala sur y cilla, vigas y tramex metálico,... pueden ser modificados sin que ello suponga una excesiva carga económica o una complejidad técnica infranqueable.
 Para el claustro, iglesia y sacristía se han seguido criterios miméticos (así se desprende del propio proyecto de restauración), mientras que para el resto de estancias se ha optado por la integración de elementos separadores móviles en función de las nuevas funciones que iba a desempeñar el extinto monasterio (una vez deshechada su reutilización como instituto religioso se optó por destinarlo a Instituto de Bachillerato y centro de acogida de actividades culturales de todo género). El desescombro popular del Convento caído precedió a la consolidación de muros reponiendo sillares o paramentos (fachada medieval) o actuando decididamente por medio de vigas de hormigón en aquellos casos donde el desplome era más que evidente (refectorio, cilla y alas modernas). Una vez sobredimensionados muros y bóvedas se procedió a montar el claustro alto y la espadaña. Se repusieron los sillares ausentes en las galerías claustrales y en sus frentes, se consolidaron sus bóvedas (que se dejaron vistas con una intención didáctica) y se cubrieron otros espa cios completamente hundidos (bóvedas tabicadas de la salona y pasillo de la entreplanta sur).
 La transparencia constructiva y la materialización de nuevas funcionalidades, han presidido la personalidad del proyecto hasta su finalización. De esta manera, la lectura del conjunto facilita la comprensión de la fases constructivas medievales y modernas, entrecomilla las intervenciones de la década del 60 y sentencia el discernimiento entre elementos históricos y diáfanos añadidos. Varios testigos: losas remarcando los primitivos ábsides de la iglesia, líneas de tramex pespuntando líneas de muros con distintas cronologías o mostrando el trasdós de las bóvedas, perforaciones que descubren vanos cegados (ventanal oriental de la capilla del abad), perfiles metálicos y acristalados remarcando el primitivo abocinamiento de las ventanas medievales (refectorio), codifican los puntos más oscuros del edificio.

Autor del Texto: José Luis Hernando Garrido

Enciclopedia del Románico - Fundación Santa María la Real