Junta de Castilla y Leon
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Memoria Histórica

Iglesia de Ntra. Señora de la Asunción

FOTOVista general del templo

Vista general del templo

© Fundación Santa María la Real - CER

La pequeña y hoy, salvo por la tenacidad de su único vecino, prácticamente despoblada localidad de San Martín del Rojo se sitúa en el Valle de Manzanedo, a apenas 10 km al oeste de Villarcayo y a poco más de 4 km al noroeste de Rioseco.

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FOTOVista del Interior

Vista del Interior

© Fundación Santa María la Real - CER

Con la inmediata Quintana del Rojo, apenas separada por medio kilómetro, formaron un único núcleo de población, erigiéndose entre ambos barrios como principal este de San Martín, emplazado sobre un altozano. Sin embargo, el Libro Becerro de las Behetrías los considera por separado, coincidiendo sólo en ser behetría de Pedro Fernández de Velasco, pues en estos años centrales del siglo XIV únicamente Fuente Humorera se refleja en el Becerro como propiedad del inmediato monasterio de Santa María de Rioseco. No obstante, sabemos que los bernardos de Rioseco poseían bienes en Quintana del Rojo, obtenidos por compra y trueque con la colegiata cántabra de San Martín de Elines, y también en San Martín, al menos desde 1324, fecha del testamento de doña Sancha Gómez de Porres quien les lega "todo lo que he en Sant Martin del Rojo". En 1337 doña Juana, hija de María Díaz de Rueda, añadió al dominio monástico sus propiedades en "Sant Martin del Roijo". En junio de 1442 el abad de Rioseco y los vecinos de San Martín del Rojo -"ayuntados en la eglesia de Santa Maria del dicho logar segund que lo avemos de uso e de costumbre de nos ayuntar a campanna tannida para nuestros negocios"-, firmaron una avenencia sobre los términos respectivos y los derechos de pasto. En dicho compromiso actúa entre los apoderados del pueblo el clérigo de San Martín, Juan Pérez. La sentencia de dicho arbitrio fue emitida en julio del mismo año. El Cartulario de Rioseco recoge la donación de un solar con su vivienda, efectuada en 1447 por el monasterio a favor del citado clérigo de San Martín del Rojo, así como las compras de diversas heredades en su término en 1453, 1454, 1459, 1503 y 1504.
En el extremo oriental y más elevado del derruido caserío, rodeada por un pretil que delimita el recinto, se alza su iglesia parroquial, modesto edificio de planta basilical levantado en buena sillería labrada a hacha y con numerosas marcas de cantero, cuya estructura románica sólo se ha visto alterada por el añadido de una espadaña barroca sobre su hastial occidental y el cuerpo adosado al sur albergando la escalera de caracol que le da servicio, la sacristía adosada al sur del presbiterio y la reforma de las cubiertas de su nave, ésta única, dividida en tres tramos, rematada por cabecera de breve tramo recto presbiterial y retranqueado ábside semicircular, y con portada abierta en un antecuerpo del tramo medio. Cúbrese la cabecera con bóveda de cañón en el presbiterio y cascarón en el hemiciclo, ambas sobre imposta de nacelas escalonadas. Da paso a la capilla, desde la nave, un arco triunfal doblado de medio punto hoy deforme, apoyado en sendas semicolumnas alzadas sobre plintos, basas molduradas con toros -el inferior con garras- y escocia recta. Coronan estos soportes dos capiteles vegetales, de hojas nervadas con remate avolutado y piñas en los ángulos de la epístola -cuyo cimacio se decora con trama de rombos y rombos partidos-, y hojas cóncavas con pitones superpuestas a otras entorchadas en el del evangelio, de diseño similar a otras cestas de Huidobro.
Al exterior, el liso tambor absidal se reforzó con sendos contrafuertes prismáticos que rematan en talud a la altura de la cornisa, decorada ésta con puntas de diamante y soportada por canecillos, la mayoría de simple nacela y otros ornados con un rabelista, una máscara monstruosa, una figura femenina exhibicionista, un deteriorado personaje sedente y prótomo de bóvido. En el eje del hemiciclo se abre una estrecha saetera de derrame interior, rodeada por un arco de medio punto ornado con un bocel sogueado, motivo frecuente en la decoración de esta área septentrional de la provincia y que se repite con profusión en este edificio.
Al costado meridional del presbiterio se adosó una pequeña sacristía moderna cubierta con cielo raso, cuyo acceso interior alteró la primitiva ventana que daba luz a la cabecera, restando únicamente de ella el chaflán de su contorno, decorado con banda de contario y círculos concéntricos, motivos que se repiten en el interior de la ventana absidal.
La nave se articula en tres tramos hoy cubiertos por sendas bóvedas de crucería simple de factura moderna que  sustituyen a la probable bóveda de cañón primitiva, reforzada por fajones seguramente doblados que volteaban sobre responsiones prismáticos con semicolumnas adosadas,

FOTOCapitel

Capitel

© Fundación Santa María la Real - CER

éstos conservados y aprovechados como soportes de los arcos y nervios actuales. En el muro sur del tramo oriental de la nave se abre una estrecha ventana en torno a una saetera de derrame interior. Presenta hacia la nave arco doblado de medio punto, el exterior ornado con un bocel sogueado y dientes de sierra y el interno con dientes de sierra, sobre una pareja de columnas acodilladas de basas áticas, cuyos capiteles muestran, el izquierdo dos cabecitas, una masculina y otra femenina y bolas, y el derecho, sobre el fondo liso de la cesta, un acróbata que alza inverosímilmente sus piernas, sujetas con ambas manos al estilo de las típicas representaciones de las sirenas de doble cola. Repite esta ventana al exterior su estructura, con arco de doble rosca decorado con zigzag y chambrana de bocel sogueado y nueva hilera de dientes de sierra, sobre cimacios de chaflán escalonado y una pareja de columnas de capiteles sumariamente decorados con bolas, pinas, cabecitas humanas y volutas. Las dos parejas de semicolumnas sobre las que apeaban los primitivos fajones se coronan con capiteles de similar rudeza de talla, de los cuales el más interesante es el meridional del tramo más próximo a la cabecera, decorado con dos músicos y una danzarina con los brazos en jarras llevándose una mano al pecho, acompañados por curiosas aves -especie de pavos reales similares a otras de Tartalés de los Montes y Condado de Valdivielso-, que lucen aparatosos penachos,- el músico de la cara que mira al altar toca una gran viola con arco que parece sostener el propio pájaro que le escolta, mientras que su compañero hace sonar un instrumento de viento, fracturado como los brazos de la figura. Frente a éste, la cesta del muro norte se orna con dos toscas y desproporcionadas parejas de cuadrúpedos enfrentados dos a dos, cuyas largas patas se muerden mutuamente los de la cara occidental. Los capiteles que delimitan el tramo occidental reciben, el del muro sur dos mascarones humanos al que sendas rudísimas aves picotean la boca, flanqueando la roseta incisa con talla en reserva que campea en el frente, y el del norte una roseta similar esta vez acompañada por volutas, piñas y hojas lanceoladas y nervadas.
La portada se abre en un antecuerpo del muro meridional, componiéndose de arco de medio punto levemente peraltado y liso rodeado por cuatro arquivoltas profusamente decoradas, sobre jambas escalonadas en las que se acodillan dos parejas de columnas. La arquivolta interior decora su perfil achaflanado con dientes de sierra excisos y ornamentales de trépano, y la segunda recibe un haz de tres boceles, más grueso el central. La tercera se decora con tosquísimas figurillas, dispuestas en sentido longitudinal, atadas por una cadena cuyos eslabones discurren por la parte externa de la arquivolta, situándose en sus extremos sendas figuras demoníacas: la más occidental es un demonio desnudo de grotesco rostro y cabellos llameantes, que alza en su diestra una llave mientras con la otra mano sujeta la cadena que arranca del grueso grillete de su cuello; en el salmer derecho se dispone otro demonio, éste bajo la forma de un ángel de cuya cabeza brotan dos grandes cuernos de carnero. Entre ambos seres maléficos sufren el tormento varias figuras humanas, encadenadas entre sí y con gruesas argollas rodeando sus cuellos, en variadas actitudes: un personaje sedente con un libro abierto sobre su regazo y alzando una cruz en su diestra, otro ataviado con túnica corta que porta un báculo o cayado, uno más, quizá en actitud de baile, con los brazos en jarras, y junto a él un músico haciendo sonar un instrumento de viento, un portador de cayado que lleva su diestra al zurrón que porta en bandolera, otro haciendo sonar el olifante, un tocador de viola con arco y otros dos muy maltrechos, uno de los cuales porta un cayado del tipo visto. Más o menos en el centro del arco, interrumpen esta serie de pecadores presas de sus vicios, mensaje que ya vimos en Soto de Bureba, Bercedo, Almendres o Vallejo de Mena, una cabeza monstruosa de puntiagudas orejas que devora por el tronco a una figura que alza su brazo derecho y dos cabecitas encadenadas. La arquivolta externa decora su chaflán con rosetas de botón central y cruces inscritas en clípeos y talladas en reserva -en los salmeres- y una sucesión de cruces resarceladas con puntos de trépano, que más parecen querer imitar motivos propios de los herrajes que hacer alusión a orden militar alguna, como peregrinamente han sugerido algunos autores. Corre bajo los arcos una imposta de menudo taqueado, salvo en el arco, donde ésta se sustituye por un reticulado con bolitas que parece remedo del típico tallo vegetal con hojarasca.

FOTOÁbside de la Iglesia

Ábside de la Iglesia

© Fundación Santa María la Real - CER

En los capiteles de las dos parejas de columnas de la portada manifiesta el artífice idéntica impericia a la hasta ahora vista. El exterior del lado izquierdo muestra la cesta lisa, sólo decorada por dos tallos avolutados que penden del dado central de su ábaco, ornándose el interior con un muy rasurado personaje ataviado con túnica corta recogida con cinturón que alza sus manos asiendo un tallo con una mano y alzando una especie de maza o lanza con la otra. El interior del lado derecho del espectador muestra una pareja de aves afrontadas bajo un mascarón monstruoso y tallo con brotes avolutados, con un pitón gallonado entre ellas y simples puntos de trépano en forma de estrella y recuadro ocupando el resto de la cesta, coronada por ábaco con dados. En el capitel exterior asistimos al combate entre dos rasurados infantes que alzan sus espadas y se protegen con muy perdidos escudos. Esta bárbara escultura, obra popular de un cantero poco ducho en el arte del relieve, parece encontrar su inspiración en los  motivos recurrentes en los templos del entorno, como lidobro, Turzo, El Almiñé, Incinillas, Condado de Valdivielso, Almendres, etc.
Bajo idénticos parámetros se mueve la hilera de canecillos que soportaban la perdida cornisa del primitivo tejaroz que coronaba el antecuerpo, decorados con una cabecita teniendo un barril, un descabezado personaje y un cuadrúpedo, un prótomo de cérvido, un probable acróbata y una pareja de aves de cuellos entrelazados. Y similar rudeza hasta el punto de pensar en una misma poco ducha mano, volvemos a ver en la pareja de capiteles hoy reutilizados -retallándolos en parte- en el moderno pórtico que recubre la fachada meridional, procedentes del arco triunfal de la arruinada iglesia de Fuente Humorera. El más oriental es casi un remedo del de temática juglaresca que vimos en el interior, con sendos músicos haciendo sonar, uno un rabel cuyas cuerdas estira un ave emplazada sobre una hoja de punta curva con bola, y el otro un instrumento de viento, flanqueando una figura femenina con los brazos en jarras en actitud de danza. El otro capitel insiste en la temática festiva, con una figura femenina que se lleva una mano a la sien y la otra al vientre y una especie de domador que alza una fusta en su diestra y sujeta las riendas de un caballo con la otra mano, ambos rodeados de botones vegetales excavados e inscritos en clípeos con zigzag.
Al fondo de la nave, bajo el coro, se conserva una sencilla pila bautismal de traza románica y copa semiesférica lisa sólo ornada con un bocel en la embocadura, que mide 92 cm de diámetro por 61 cm de altura, alzándose sobre un tenante cilíndrico con simple basa de 34 cm de alto.
El sabor popular del edificio y su escultura monumental, unido al melancólico paisaje que la despoblación impone, convierten a esta iglesia, a nuestro entender, en obligada referencia de la más rural y auténtica expresión del maridaje entre fe y folclore, y ello en una fecha imprecisa de la segunda mitad del siglo XII. Su estado de conservación, como el de tantas otras, es preocupante.

  Portada de la Iglesia

Autor del texto: José Manuel Rodríguez Montañés

Enciclopedia del Románico - Fundación Santa María la Real

Más información en la web:
- Románico Norte inicia la restauración de la iglesia de San Martín del Rojo (Burgos)