Junta de Castilla y Leon
Junta de Castilla y Leon


Memoria Histórica

Iglesia de San Miguel Arcángel

FOTOVista general del templo

Vista general del templo

© Fundación Santa María la Real - CER

Aunque son escasos los datos históricos de los que disponemos sobre el lugar, podemos aventurar que su origen parece ligado al de un monasterio probablemente particular. De su fundación nada sabemos, aunque consta que ya a principios del siglo XIII pertenecía al dominio de Santa María de Rioseco.

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FOTOArcada del interior del ábside

Arcada del interior del ábside

© Fundación Santa María la Real - CER

Debió en cualquier caso mantener su independencia y volver a particulares, pues en el testamento de doña Sancha Gómez de Porres, de agosto de 1324, esta dama, tras establecer su enterramiento en la iglesia de Rioseco, deja entre sus mandas "la heredat de Horna a Sant Miguel de Cornizuelo por mi alma". A mediados del siglo XIV, el Libro Becerro de las Behetrías dice que el lugar, perteneciente a la merindad de Castilla Vieja, "es del monesterio de Sant Miguell e el dicho monesterio es de Lope Garfia e de Pero González su hermano e an y sendos solares e a y otros sendos solares el monasterio de Helines e de Rio Seco que están yermos", precisando además que "a el monesterio de Sant Miguell todas las heredades e dale cada labrador que mora en cada solar poblado tres quartas de trigo e vn almud de geuada e dos maravedis en dineros e non ay otros derechos". Las propiedades de Santa María de Rioseco en el lugar se citan sin precisarlas en el traslado notarial -realizado en 1387- del privilegio del papa Gregorio IX de 1235. Los cistercienses acrecentaron tales bienes mediante traspaso en 1504, adquiriendo así medio molino, una casa y varias heredades. Del monasterio de San Miguel, nada más sabemos.
Probablemente heredero de la referida fundación monástica conservamos el templo hoy parroquial, situado en un descampado denominado "La Virgen", a la salida del pueblo en dirección a Manzanedo, rodeado de prados y vegetación, junto a una fuente que brota a sus pies. Se trata de un edificio litúrgicamente orientado, de corta nave única rematada por ábside semicircular precedido por un presbiterio marcado en planta, todo levantado en excelente sillería de caliza local labrada a hacha y asentada casi a hueso, denunciando una tradición por la cantería que aún hoy se mantiene viva en el pueblo. Su buena factura es sin duda responsable del excelente estado de conservación que manifiesta, siendo bien visibles -sobre todo en el muro norte de la nave- los mechinales que nos permiten reconocer las andamiadas en las que fue levantada la fábrica.
El esquema de planta y como veremos su alzado y decoración son prácticamente idénticos a los de la cercana iglesia de Crespos, con alguna diferencia como la más cuidada arquitectura de ésta y la apertura de la portada en el hastial occidental, hoy flanqueada por una estancia rectangular con función de baptisterio, un pretil y el cubo de acceso a la espadaña, todo adosado posteriormente, al igual que el pórtico que la protege, rehecho en 1989. Una sacristía se adosó además a la cara norte del ábside, con acceso desde el mismo por vano adintelado. La portada, abocinada, de notable amplitud y parcialmente solapada por los añadidos antes señalados, consta de arco de medio punto que acoge un tosco tímpano, en torno al cual se disponen cuatro arquivoltas de escaso resalte rematadas por chambrana ornada con triple hilera de billetes. Dos parejas de columnas acodilladas en las jambas reciben las arquivoltas,- sus fustes son monolíticos y las basas presentan perfil ático, con garras en el toro inferior y sobre plinto. La arquivolta interior y la tercera matan su arista con un baquetón, en el caso de la externa y como en Crespos, decorado con bolas y espirales,- las otras dos son lisas, en arista viva. El rudo tímpano se compone de tres piezas,- la inferior es una gran losa a modo de dintel decorada con un tosco abilletado a ambos lados y en el centro, una muy esquemática y torpe representación del Árbol de la Vida, cargado de frutos. Sobre esta pieza se sitúan las dos restantes. En la derecha del espectador se figura un león que ataca, mordiendo el brazo izquierdo, a un infante barbado que se defiende con una desproporcionada espada que blande contra la fiera, y a su izquierda se grabó un lábaro o cruz patada. La ejecución es desafortunada en todos los aspectos. Compositivamente, la inclusión del abilletado en la parte inferior del tímpano deja clara la incapacidad del escultor, manifiesta igualmente en la torpe imbricación de las placas que componen el tímpano. El estilo es bárbaro, con talla a bisel y en reserva. Las desproporciones que presenta la figura del hombre atacado por la fiera, la inexpresividad y ausencia de detalles, nos caracterizan una obra que se enmarca en una tradición local, fruto más de canteros que de escultores. Iconográficamente el tímpano manifiesta cierto interés, pese a la rudeza que, en este plano también, impregna la obra. Las figuraciones del árbol cargado de frutos y la cruz no precisan comentarios, ambos hacen alusión a la idea de salvación, mientras que el hombre atacado por el león es un tema corriente en la iconografía medieval y pudiera hacer alusión a la suerte del pecador (recordemos el texto del Salmo 21 (22), 22: Salva me de ore leonis...), que bajo los mismos criterios de rudeza se expresó en el tímpano de Puentedey, donde el infante es atacado por una serpiente. Los capiteles que coronan las columnas de la portada representan, los del lado derecho, un león atacando a un cuadrúpedo -el interior- y una pareja de leones afrontados que comparten cabeza en el ángulo de la cesta.

FOTOFundación Santa María la Real - CER

Fundación Santa María la Real - CER

© Capitel

El interior del lado izquierdo nos muestra una descabezada águila de alas explayadas sobre una tosca hoja apalmetada de puntas rizadas, estando muy deteriorado el exterior. Los motivos repiten los vistos en la portada de Crespos, deudores como allí señalamos de los talleres cántabros que dejaron su impronta en buen número de iglesias de estos valles (San Martín de Elines, Santillana del Mar, Raicedo, Bolmir, Cervatos, etc.). La misma progenie manifiestan las impostas que coronan los capiteles y jambas, decoradas con hojas lobuladas y carnosas inscritas en tallos anudados, motivos de cestería y tallos anudados y entrelazados. La nave, cubierta con madera a dos aguas, no presenta articulación alguna en tramos, por lo que debemos suponer que ésta era su cubierta primitiva. Como en Crespos, es la cabecera el elemento más significativo del edificio. Se compone de tramo recto presbiterial y capilla semicircular, ambos ámbitos de igual anchura, careciendo del tradicional codillo que los articula, sí presente entre cabecera y nave.
Al exterior la unión entre presbiterio y hemiciclo aparece marcada por sendos estribos que reciben el empuje del fajón interior, anchos y poco potentes, de remate escalonado bajo la línea de canes de la cornisa. El liso tambor absidal se refuerza con dos contrafuertes del mismo tipo, abriéndose en el eje del paño central una ventana rasgada, abocinada al interior (donde repite exactamente su estructura), rodeada por baquetonado arco doblado de medio punto y chambrana de triple hilera de billetes. El arco interior reposa sobre una pareja de columnillas acodilladas con capiteles decorados con parejas de leones afrontados y abilletado en los cimacios, sobre cortos fustes monolíticos y basas de perfil ático sobre plinto. El resto de los vanos -abierto uno en el ábside, dos en el muro meridional de la nave y otro en la sacristía- son posteriores y adintelados,- finalmente, una estrecha saetera se abre en el muro volado de la nave sobre el tramo presbiterial. Coronan los muros de la cabecera y nave una cornisa moldurada con baquetón sobre una rica hilera de canes en los que, junto a los de simple nácela, perfil de proa de barco, pinas o tres rollos, se repiten los temas recurrentes en los edificios del entorno (Crespos, San Pedro de Tejada, Munilla, Ailanes, etc.)- Destacamos de esta serie, que mantiene la rudeza de labra, un tonel y los numerosos pró-tomos de bóvidos, cérvidos de astas ramificadas, cápridos, cánidos, un cerdo, un raposo, un ave, varios leones rugientes, etc. Volvemos además a reconocer, como en Crespos, sendos exhibicionistas: un personaje femenino alzando acrobáticamente las piernas con sus manos mostrando el sexo y un exhibicionista masculino, acuclillado y mostrando su enorme falo, fracturado. Encontramos también al personaje sosteniendo un tonel sobre sus hombros, un músico tocando la vihuela con arco, una máscara monstruosa devorando a un personaje, al que engulle la cabeza (idéntico a otro de Crespos). Por último, señalar la presencia de un deteriorado relieve -un rostro femenino-empotrado sobre el vano superior en la sillería de la moderna espadaña que se alza sobre el hastial occidental.
Como en el cercano templo ya varias veces citado, a la relativa austeridad del exterior de la cabecera corresponde al interior un mayor esfuerzo constructivo y ornamental. El presbiterio se cubre con bóveda de medio cañón ceñida por sendos fajones, doblado el que hace las veces de triunfal y sencillo el que da paso al hemiciclo, cerrado éste con bóveda de horno. Parten ambas bóvedas de imposta decorada con abilletado, apeando los referidos arcos en semicolumnas. Los fustes de las más orientales son invadidos por otra línea de imposta de idéntica decoración que corre bajo la ventana absidal, articulándose así los paramentos en dos pisos, el inferior ocupado, en ábside y presbiterio, por una arquería ciega compuesta por seis arcos en la capilla -lo que determina que el centro del semicírculo corresponda a un intercolumnio- y dos arcos en cada muro del tramo recto. Los arcos son de medio punto, moldurados con un tosco baquetón y las columnas presentan fuste liso y monolítico rematado por capiteles figurados.

 

FOTOCanecillos esculturados

Canecillos esculturados

© Fundación Santa María la Real - CER

Las columnas que soportan los fajones se coronan con grandes capiteles figurados, en los que volvemos a encontrar los temas ya vistos en Crespos. El del lado del evangelio del triunfal recibe en la cara que mira al altar una pareja de leones afrontados, y hacia la nave una mujer desnuda cuyos pechos son mordidos por una pareja de serpientes que la figura ase con sus manos, según la más ancestral representación del castigo de la lujuria,- en el frente de la cesta se dispuso, entre el fondo vegetal que hace de marco, una pareja de cabecitas humanas. En el capitel frontero se figuró una pareja de águilas de alas extendidas con varias máscaras humanas en el frente y laterales, tema que se repite en la cesta del lado del evangelio del arco que antecede a la capilla, aunque aquí sobre las aves se dispusieron dos parejas de leoncillos afrontados. Finalmente, decoran el capitel meridional de este arco cuatro parejas de leones superpuestos y afrontados, de fauces rugientes, junto a cabecitas humanas en el frente y laterales.
En cuanto a los capiteles de la arquería inferior, bajo cimacios decorados con taqueado, nácelas escalonadas o florones inscritos en clípeos, se decoran con los mismos temas que vimos en Crespos, aunque aquí su estado de conservación es mejor. Vemos así -en uno o dos niveles las parejas de leones afrontados de enhiestas orejas y estereotipada melena, que apoyan sus garras en el collarino y se disponen sobre un fondo vegetal de hojitas cóncavas y volutas, ocupando cabecitas humanas los laterales-, las parejas de aves afrontadas en similar disposición, sobre hojas de puntas enroscadas y con volutas entrelazadas en el frente, o bien otras opuestas por parejas y picoteando los frutos de un árbol de ramas en espiral; dos parejas cuadrúpedos afrontados que comparten cabeza en el ángulo-, una pareja de águilas de alas extendidas y una deteriorada exhibicionista de piernas flexionadas mostrando su sexo, similar a la vista en un can del exterior y otros relieves de la colegiata de Cervatos, etc. A la tosquedad general parecen sólo escapar los dos capiteles vegetales del extremo de la arquería absidal, con dos niveles de hojas lisas de cuyas puntas penden pesadamente palmetas pinjantes anilladas, sobre otras rematadas en pequeñas volutas.
Como ya señalamos al estudiar la iglesia de Crespos, parece que debemos buscar el origen tanto de la disposición arquitectónica como del estilo escultórico en la actividad de los talleres que trabajaron en la actual Cantabria, extendiéndose por los valles septentrionales de Palencia y Burgos,
durante las primeras décadas del siglo XII. Su estilo, seco y apenas proclive a la concesión al detalle, maneja al ruralizarse un reducido repertorio decorativo, con auténticos modismos recurrentes como las arquerías ciegas animando los paramentos interiores de las cabeceras o, en lo ornamental, los leones afrontados superpuestos, las águilas de alas explayadas, las volutas entrelazadas o las hojas lobuladas inscritas en tallos, amén del gusto por los temas procaces y las alusiones a la lujuria. Este estilo, cuyas primeras manifestaciones las encontramos en Cantabria en los inicios del siglo XII, arraigó profundamente en los talleres que recorrieron los valles de la Cordillera Cantábrica durante toda la centuria. Así, pese a la evidente evolución formal sobre todo palpable en la segunda mitad del siglo, encontraremos ecos de este arte en monumentos como San Pedro de Tejada, Bercedo (de hacia 1176) o los más tardíos de los Valles de Mena y Losa. En el caso que nos ocupa, la construcción de la iglesia de San Miguel de Cornezuelo debe rondar, en función de la datación relativa aportada por la de Crespos (1143), los años finales de la cuarta década o los iniciales de la quinta del siglo XII.
Con posterioridad a su erección, se grabó en el muro meridional de la nave un muy borroso e incompleto epitafio en el que leemos:
ERA MCCXXXVIII : MARÍA : OBIT FAM(V) L
Pese a su carácter fragmentario, deja constancia del fallecimiento, en la era de 1238 (año 1200), de la sierva de Dios llamada María.
Finalmente, en el baptisterio adosado al norte de la nave se conserva una pila bautismal de traza románica, con copa semiesférica sobre tenante poco desarrollado y, a modo de garras, cuatro figuraciones que pudieran corresponder a un Tetramorfos: un rostro humano, un prótomo de león, un ave y una cuarta casi perdida.

 Autor del Texto: José Manuel Rodríguez Montañés

Enciclopedia del Románico - Fundación Santa María la Real